Otra ruta de la seda
Desde la antigua capital del Pakistan, donde todo es un enorme caos con sus avenidas y callejuelas partimos e iniciamos el viaje. Si en Asia existe la costumbre de adornar los vehículos públicos, aquí es sublime el ornamento. En Pakistan, país de los puros, no se cansan de repetir Ala es Grande y Uno. Intentamos seguir la mítica ruta de la seda en bicicleta. Las nieves perpetuas aparecen en unas cimas de más de 7.000 metros.Hace kilometros que abandonamos el valle del Indo, por aquí vive una rama del islam: los ismaelitas. Sus mujeres van menos cubiertas que el resto.
Quedan muchos restos de la antigua ruta, las avalanchas de nieve y barro hacen que peladeemos por tierra. Haremos la ruta hasta China por unos 600 Km por la carretera del Karakorum, por la ruta sur de la ruta de la seda. En algunos sitios el paso del tiempo ha borrado el antiguo camino que aún se conserva. De vez en cuando grabados en la roca dan testimonio del tránsito cultural de esta ruta.
El aire es seco y el sudor abundante, al subir el paisaje cambia, los glaciares están cerca. El pedalear se hace más dificil.
La acción de la erosión es bien visible, hay tramos donde no existe el asfalto. Nos dirigimos al paso de Punyerrat en dos jornadas se realizarán estos 90 km de subida.
Nos dirigimos por una profunda garganta, los efectos de la altura se hacen notar. Un pinchazo es una bendición divina para descansar un momento. Toda la parte superior es un parque natural donde habitan el carnero de Marco Polo y la pantera de las nievas, ambas especies en peligro de extinción.
Los movimientos no deben ser bruscos por la altitud. Por la mañana tras haber acampado la noche anterior, y con bastante frio y rocio, rodamos por un paisaje amplio. Hasta comer cuesta un buen esfuerzo por la boca seca y la falta de aire. El rimo de la marcha es muy lento, para colmo empieza a nevar, hasta aquí se encuentran turistas japones con sus cámaras fotográficas.
Cruzamos la frontera y entramos en China, la vertiente norte es un desierto de las alturas en este paso. El frio entumece los músculos, la cara se corta en el Turquestan chino. Todos queremos descender lo más rápido posible. Van apareciendo aldeas y al final una ciudad, por hoy no dormiremos en tiendas sino en un hotel. Los lugareños nos miran asombrados e interrumpen por un momento sus tareas. Cruzamos un extraño cementerio del cual no nos informamos hasta después.
Ascendemos por la morrera de un glaciar a pie, achuchando las bicicletas. Otra vez subimos, paramos a reponer fuerzas y confraternizamos con un grupo que intenta escalar el Mustagata.
Los únicos habitantes son los kirguises, no se extrañan de nuestra presencia, forman el núcleo de población del turquistan chino. En el invierno descienden hasta el valle en sus casas de adobe. En verano están aquí arriba.
En esta región confluyen tres grandes macizos, sólo de vez en cuando un oasis pone una nota de vida en este paisaje. Llegamos al destino, la mezquita y el bazar sigue dominando la vida de este lugar pese al laicismo del comunismo chino.
Por fín llegamos al punto en que se separaban las rutas de la seda: hacia el golfo Pérsico o al mediterráneo. Kasgar tiene fama de ser la ciudad menos china de la nación, las tiendas se agrupan todavía por gremios, en los bazares el tiempo parede detenido.
El mosaico de razas e idiomas toma su gran expresión en el mercado del domingo, cada uno con sus vestimentas típicas por las que es fácil reconocerlos. Aquí se nota el espíritu mercantil qeu lo convirtió en eslabón principal de la ruta de la seda. Se mezclan multitud de olores: menta, cuero, descomposición orgánica, etc dependiendo del lugar donde uno se encuentre.
La multitud de ideas, etnías y creencias se entremezclan en el mercado y no se nos hace difícil imaginar un pasado glorioso.